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    Ceremonia de ingreso de don Aurelio González Pérez a la Academia Mexicana de la Lengua

    Jueves, 27 de febrero de 2014.

    • Yolanda Lastra, Ascensión Hernández, Aurelio González. Foto: Jorge Dávila, AML

      Yolanda Lastra, Ascensión Hernández, Aurelio González. Foto: Jorge Dávila, AML

    • Aurelio González, Roger Bartra, Patrick Johansson. Foto:  Jorge Dávila, AML

      Aurelio González, Roger Bartra, Patrick Johansson. Foto: Jorge Dávila, AML

    • Aurelio González recibe diploma de ingreso a la AML. Foto: Jorge Dávila, AML

      Aurelio González recibe diploma de ingreso a la AML. Foto: Jorge Dávila, AML

    • Discurso Aurelio González. Foto: Jorge Dávila, AML

      Discurso Aurelio González. Foto: Jorge Dávila, AML

    • Público asistente de izquierda a derecha Eduardo Lizalde, Concepción Company, Leopoldo Valiñas, Roger Bartra, Javier Garciadiego, Diego Valadés. Foto: Jorge Dávila, AML

      Público asistente de izquierda a derecha Eduardo Lizalde, Concepción Company, Leopoldo Valiñas, Roger Bartra, Javier Garciadiego, Diego Valadés. Foto: Jorge Dávila, AML

    • Aurelio González, Jaime Labastida, Margit Frenk. Foto: Jorge Dávila, AML

      Aurelio González, Jaime Labastida, Margit Frenk. Foto: Jorge Dávila, AML

    • Margit Frenk, Aurelio González, Felipe Garrido, Foto: Jorge Dávila, AML

      Margit Frenk, Aurelio González, Felipe Garrido, Foto: Jorge Dávila, AML

      El Romancero en América: cómo las palabras de la tradición se hicieron nuestras


      El honor de ingresar a esta Academia, me hace recordar con sinceridad y admiración a mis ilustres predecesores en la silla XXX, a don Agustín Yáñez y a don Arturo Azuela. Como sucede cuando se recuerda –honrando su memoria– a alguien, lo primero que viene a la cabeza es la relación personal que se tuvo con la persona recordada, y los encuentros y, si cabe, las coincidencias y similitudes. No escapo a esta situación: yo conocí a Arturo Azuela –mi predecesor inmediato– en la Facultad, término que designa a la única para muchos de nosotros, esto es, a la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México. Debía ser el año 1986 y Arturo había sido nombrado hacía poco Director de la misma, nos conocíamos de años atrás, pues también tuvimos en común nuestro paso por Bellas Artes, y recuerdo que al encontrarnos en un pasillo (yo ya estaba en El Colegio de México, pero seguía con mis cursos en la UNAM) me dijo: “Estoy aquí para hacer que los muchachos lean. Espero que me ayudes”. La frase se me quedó grabada, pues compartía la idea. Esa idea era una de las facetas más acusadas de Arturo: la lectura, hacer que la palabra se hiciera de todos, que los múltiples prismas de la literatura iluminaran a más lectores.

      En este honroso encargo de la Academia, Arturo Azuela representa el valor de seguir el camino de la difusión de la palabra. Por otra parte con mi ilustre predecesor tengo varias coincidencias, no sólo nuestro paso por la Facultad: yo también, como él, vengo del área científica, mi primera formación es de ingeniero químico y también, como él dijo de sí mismo, fui formado como lector por Julio Verne, Salgari y ese extraño libro de lecturas infantiles que es Corazón.

      Además de nuestros encuentros en la Facultad, después coincidimos en algunas ocasiones en Madrid, en el Fondo de Cultura Económica, y siempre hizo gala de su calidez y amistad con quienes pasábamos por la capital española.

      Sin embargo, Arturo Azuela para mí, además de la persona que conocí, es también el escritor que sorprendentemente cierra o concluye un género y una forma literaria. ¿A qué me refiero? Cuando leíamos allá en los primeros años ’70, en aquel tesoro editorial que fue Joaquín Mortiz, su magistral novela El tamaño del infierno, sentíamos que la novela de la Revolución había llegado a su fin, pero tal vez también llegaba a su fin, con el esplendor de su brillante manejo de la palabra, el México derivado del movimiento revolucionario. Como es bien sabido, en El tamaño del infierno se vive, a través de la mirada de Mariano Azuela, del tío Jesús y de los tres búhos que observan vigilantes a la familia, desde la Revolución Mexicana hasta el cruel despertar de Tlatelolco en 1968. Esta novela, la que posiblemente sea su obra más importante y con la que obtuviera en 1974 el premio “Xavier Villaurrutia”, está fechada en 1973, año del centenario del nacimiento de Mariano Azuela, su abuelo. El punto de partida de la novela es la biografía de este escritor germinal del género de la novela de la Revolución, para después seguir por cien convulsos y turbulentos años de la vida de este país que es México, surgido a la modernidad por los avatares del conflicto bélico fratricida que la historiografía oficial consagró y mitificó como revolucionario. Pero lo que escribe Arturo Azuela es un texto que rebasa el referente histórico, la novela de la Revolución, el costumbrismo y la biografía familiar, para adentrarse en los vericuetos de la historia contemporánea y de la sociedad mexicana, mostrando por medio de su palabra abierta, múltiple y prismática, personajes mitificados –históricos y cotidianos– vicios, virtudes, valores y en general la vida multifacética de un país que crece y por tanto se desengaña.

      Haciendo mías las palabras de otro ilustre académico, don Ernesto de la Peña, a propósito de la obra de este matemático, historiador, novelista, escritor, músico, académico y gestor cultural se puede decir que “Lo que nos queda es la espléndida prosa, la inquietante trama de palabras que Azuela ha sabido urdir... Y con este lenguaje, de extraordinaria originalidad, de insospechable vivacidad, verdaderamente vivo y candente, Arturo Azuela sabe comunicar, antes que nada, los avatares internos de sus personajes...”

      A pesar de su importancia como escritor y novelista, Arturo Azuela dijo en alguna ocasión “la ciencia no sólo ha sido mi talón de Aquiles, sino mi debilidad y el trabajo al que más años le he dedicado, más que al violín, más que a la literatura y que a las mismas matemáticas”. Sin embargo, también lo podemos y debemos recordar por la multiplicidad de su palabra y por el manejo extraordinario de la construcción de una memoria del pueblo, del lugareño, de la colonia, de su barrio de Santa María. En este sentido, su literatura fue también la memoria de una tradición, fue un costumbrismo que reflejaba a quien llegaba a la gran ciudad y en ella se instalaba y luchaba por no ser devorado.

      Otra faceta en la cual hay coincidencia entre las premisas de la literatura tradicional –abierta por definición y por su transmisión oral– y Azuela, autor de literatura culta, es la recreación que hace, a la manera de la literatura tradicional que vive en variantes y versiones, de su novela Un tal José Salomé, publicada originalmente en 1975 (también en Joaquín Mortiz), que tiene en 1982 una nueva versión en la que reescribe diálogos y cuadros buscando nuevos resultados, más profundos e intensos, desarrollando y variando su lenguaje. Yo ahora buscaré, rastreando en la tradición, cómo en América hicimos nuestras las palabras de la tradición hispánica a través de una forma poética: el romance.

      M


      El Romancero, conjunto admirable por su permanencia temporal y expansión geográfica, de la expresión hispánica de la balada tradicional internacional, ha formado parte importante del acervo cultural no aprendido del mundo de lengua española, gallego-portuguesa, catalana y sefardí, y seguirá siéndolo mientras se mantenga el saber y la vida colectiva de la comunidad y con ella la cultura tradicional. Sabemos que los textos romancísticos de tradición oral estaban vivos ya hace siete siglos cuando Jaume d’Olessa, estudiante mallorquín en Bolonia, nos dejó por escrito, en 1421 en su cuaderno de apuntes el romance de La dama y el pastor. Así, bien como dice Menéndez Pidal, “podemos decir con seguridad que un copioso romancero pasó a América en la memoria de aquellos que tripulaban las naves descubridoras y en el recuerdo de cuantos después allá fueron”1 desde España después de 1492.

      Las baladas hispánicas, los romances, acompañaron a los navegantes, misioneros, exploradores, soldados y funcionarios en su traslado al Nuevo Mundo, como parte de su acervo cultural, pues los versos de estos poemas narrativos que habían oído a sus mayores y sabían de memoria reflejaban los valores de su comunidad, además de contener historias fascinantes y ejemplos de vida desde el mundo de la ficción. Los hombres y mujeres que los cantaban, lo mismo en soledad, que en las faenas cotidianas o en la alegría de la fiesta, lo hacían de manera natural, con la tranquilidad del saber no aprendido y la seguridad de lo que les pertenecía y nos pertenece.

      En este sentido, al hablar de la llegada de la literatura de tradición oral hispánica a América, es inevitable recordar una vez más el tantas veces citado episodio que recoge Bernal Díaz del Castillo en el capítulo 36 de su fascinante Historia verdadera de la conquista de la Nueva España2 entre Hernán Cortés y Alonso Hernández Puertocarrero al llegar a San Juan de Ulúa, en las costas de lo que hoy es Veracruz en el territorio que llamarían la Nueva España, episodio en el cual ambos dialogan usando versos de romance, Puertocarrero con el de Montesinos que se inicia

      Cata Francia, Montesinos, cata París, la ciudad


      A los cuales responde Cortés con el romance de Gaiferos:

      denos Dios ventura en armas como al paladín Roldán


      También se cuenta en esa crónica de la conquista de la Nueva España (capítulo 145) que cuando Cortés recuerda en Tacuba, en abril de 1521, las pérdidas de hombres y compañeros de armas sufridas en su campaña, entre ellas probablemente también las del episodio conocido como la “Noche triste” sucedido un año antes, el bachiller Alonso Pérez, al tratar de consolarlo, hace referencia al romance que empieza:

      Mira Nero de Tarpeya a Roma cómo se ardía


      Este mismo romance aparece mencionado también en la Brevísima relación de la destruición de las Indias3 de Bartolomé de Las Casas, aunque en otro contexto: el escarmiento hecho en Cholula por Cortés.

      Más adelante, antes de combatir a los hombres de Pánfilo de Narváez enviado por Diego Velázquez, gobernador de Cuba para reprimir a Cortés, según nos dice nuevamente Bernal Díaz del Castillo (capítulos 69, 122) el capitán extremeño volverá a usar versos de romances, en este caso del romance de Roldán en Roncesvalles:

      Más vale morir por buenos que deshonrados vivir


      Sean ciertos o no estos episodios, lo que importa es que Bernal, tan preocupado por la verosimilitud, los emplea pensando que a sus lectores no les extrañaría que los capitanes de la empresa dialogaran usando versos de romances, pues es algo que todos hacen, ya que los conocen y manejan con naturalidad. Episodios similares también se pueden recordar en la conquista del Perú, donde el uso de un romance salva la vida a Diego de Almagro cuando, profundamente enemistado con Francisco Pizarro por la posesión de Cuzco, se entrevista con éste en Mala, población cerca de Lima, en noviembre de 1537, y Francisco Godoy, soldado pizarrista, le avisa de la celada que le han tendido: unos dicen que escribiéndole una carta y otros que haciéndole una seña y cantando, al pasar cerca de él, el romance que dice

      Tiempo es, el caballero, tiempo es de andar de aquí


      Esta acción la relata detalladamente Pedro Cieza de León, cronista del Perú, en sus Guerras civiles del Perú. Guerra de las Salinas(capítulo 38) convencido de su autenticidad.

      También atestigua Alonso Enríquez de Guzmán el conocimiento que tenían los soldados españoles de los romances de Roldán –pues los usan como término de comparación al entrar en Cajamarca– o los de Bernal Francés, caballero de las guerras de Granada. Por su parte Hernández Girón, rebelde a la autoridad real, también hace uso de un romance al ver huir a los soldados contrarios cuando derrota al mariscal Alonso de Alvarado en la batalla de Chuquinga:

      No van a pie los romeros, en buenos caballos van


      Verso que encontramos en el romance de Isabel de Liar que dice:

      Doña Isabel se pasea en su palacio real,
      mirando sus campos verdes romeritos ve pasar.
      No van a pie los romeros en buenos caballos van


      Llama la atención este último verso, pues no se encuentra en las versiones viejas; sin embargo, en la tradición oral moderna donde este romance sigue vivo, este verso aparece sobre todo en versiones catalanas.

      Todas las referencias anteriores atestiguan la presencia del Romancero en América en los primeros tiempos del descubrimiento y la Conquista, y su vitalidad en el lenguaje coloquial. Desde luego esto no excluye la vida del Romancero en su forma habitual como conjunto de historias que se escuchan con placer; así como nos cuenta el cronista novohispano Pedro Gutiérrez de Santa Clara en su novelada crónica de las guerras del Perú, que pidió Francisco de Carvajal en 1547 que le cantaran “el romance de Gaiferos o las coplas del Marqués de Mantua”4 cuando estaba enfermo en la villa peruana de Andahuaylas.

      El Romancero debió haber sido parte del bastimento que traían las naves al Nuevo Mundo. En las travesías desde las Canarias o las demás islas atlánticas, de tres o cuatro semanas de duración, el aburrimiento se combatía de diversos modos: en las naves grandes incluso se hacían representaciones teatrales, y sin lugar a dudas había la presencia de músicos y con ellos de la canción. Así nos lo hace saber fray Francisco Ximénez de Quesada, primer traductor del Popol Vuh, quien recuerda en su crónica de la provincia de San Vicente de Chiapa y Guatemala que cuando en 1544 retornaban a España personajes como doña María de Álvarez de Toledo y Rojas, la primera virreina americana por su matrimonio con Diego Colón, el hijo del descubridor, nombrado gobernador de La Española y después virrey de la misma en 1508, o fray Bartolomé de Las Casas, el defensor de los derechos de los naturales, en las naves iban “los seglares tañendo guitarra y cantando romances y cada uno a su modo [...] otros leyendo libros”.5 Con toda seguridad, aquellos libros serían las novelas de caballerías que encendían la imaginación y confirmaban las maravillas que habían oído contar de las tierras allende los mares; y los romances, más novelescos que épicos, sintetizarían valores y códigos de comportamiento, asumidos por los viajeros como propios, y encarnados en los protagonistas de las historias que contaban o cantaban.

      Pero no hay que idealizar la llegada de la vida de la cultura tradicional al Nuevo Mundo con perspectivas que saben a Romanticismo. Es claro que al continente recién descubierto llegaron también, y muy pronto, no sólo transmisores comunes sino también algunos que, aunque venían como soldados, eran también transmisores más o menos profesionalizados, como Porras, cantor; Alonso Morón, vihuelista, y Ortiz, músico: hombres de armas que formaron parte de la expedición de Cortés a México, pero que primero se asentaron en Cuba, concretamente en Bayamo y Trinidad. Es natural, por la importancia y valoración que tenía en esa época el género romancístico, que entre los textos que formaban su repertorio musical se hayan contado los romances, tanto aquellos famosos que estaban en boga en Madrid o Sevilla, como algunos otros tradicionales viejos, tal vez oídos desde su niñez. Este repertorio seguramente lo cantaron primero durante su estancia en Cuba, pues ahí se dedicaron más a la actividad musical, y lo llevaron después al continente.6

      No fue éste el único caso de transmisores más o menos profesionalizados: también se tienen noticias de la presencia de músicos en otras partes del continente apenas descubierto. Por ejemplo en 1561, el recién nombrado virrey del Perú, Diego López de Zúñiga, conde de Nieva, cuando viajó a Lima llevaba consigo músicos, entre ellos Francisco Lobato y López, Jerónimo Carrillo, tañedor de vihuela y pandereta, Juan de la Peña Madrid, compositor de coplas, Alonso Muñoz, y el trompetero Tomás Obras; y lo mismo hará el virrey García Hurtado de Mendoza, marqués de Cañete, en 1589.7

      Pero los romances no llegaron solamente llevados por la memoria colectiva y transmitidos por la voz; otra forma en la que llegaron al Nuevo Mundo fue en libros y pliegos sueltos de diverso tipo. Por un lado están los libros de música cuya base en el siglo XVI está formada por villancicos y romances tradicionales, base que se refuerza con el auge que adquiere la vihuela. Sabemos del desarrollo y la riqueza que tiene la música por los archivos catedralicios de México, Puebla, Oaxaca, Lima o Bogotá, y es muy improbable que los tocadores de vihuela o guitarra o los cantores sacros desconocieran los romances cuya música muchas veces era la pauta para interpretar las composiciones nuevas.

      Por otra parte, también está claramente documentada en los siglos XVI y XVII –gracias a la ordenanza de Carlos V del 5 de septiembre de 1550, que exigía que se anotaran los nombres de cada obra y no en bloque– la presencia de impresos con romances en los inventarios de obras despachadas desde Sevilla por la Casa de Contratación para el Nuevo Mundo. Por ejemplo, en el registro número 24 del 6 de junio de 1586, entre otros libros que se envían a Pedro Ochoa de Ondategui, vecino de la ciudad de México, se encuentran dos Romanceros con un valor de 60 marcos cada uno, ocho impresos del Conde Dirlos a 12 marcos y ocho del Desafío de don Manuel y el moro a 10 marcos. Otros libros que llegaron a la Nueva España que contenían romances fueron el Cancionero general de Hernando del Castillo y los libros de música de Fuenllana y de Narváez. En el registro 27 del 24 de diciembre de 1591, entre otros libros se envían al Istmo de Panamá, a Portobelo, cuatro romanceros, y en enero de 1594 un romancero, las tres partes de La Araucana y El Cid en verso, entre otras publicaciones. En un contrato del 22 de febrero de 1583, guardado en el Archivo Nacional de Lima, se hace constar el compromiso de Francisco de la Hoz de traer de España para el librero Juan Jiménez del Río numerosos libros; y entre obras religiosas y de ficción se mencionan “25 Romanceros de romances franceses y no castellanos”, 6 ejemplares del Cid, 6 del romance de Roncesvalles, coplas del Marqués de Mantua y del Conde Dirlos. También consta que en 1598 se mandaron a Potosí dieciocho partes de romanceros, esto es de las Flores del Romancero Nuevo que estaban de moda en España desde hacía unos cuantos años. Existe registro del envío en diversas ocasiones de Romanceros y pliegos sueltos de tema carolingio o de Fernán González a numerosas ciudades de América a lo largo de la segunda mitad del siglo XVI y principios del siglo XVII. También nos dan noticias de la presencia de romances otro tipo de documentos: los notariales, aquellos en que se hace referencia a libros. Por ejemplo, en el pagaré de 1576 de Alonso Losa, mercader de libros de la ciudad de México, a Diego Mejía, vecino de Sevilla, se reconoce el envío de “unos Romances viejos, papelones a 4 reales”.8

      Por otra parte, obras como La nobleza de Andalucía de Argote de Molina o las Guerras civiles de Granada, de Ginés Pérez de Hita, ricas en romances fronterizos y moriscos tanto viejos como nuevos, se siguieron enviando al Nuevo Mundo hasta bien entrado el siglo XVIII. A los dos años de publicada la primera edición de esta última obra en 1595, ya se documenta su envío a la isla Española, y en 1601 se envía a los “reinos de tierra firme”. Otra documentación señala que en 1669 Francisco Martínez envía un embarque para Cartagena y Portobelo en el cual se incluyen las Guerras civiles de Granada. En fecha tan tardía como 1735, Ignacio Rodríguez de Sevilla pide permiso para embarcar una remesa de libros para América entre los cuales se encuentra la obra de Pérez de Hita, lo cual indica que a casi 150 años de su publicación seguía siendo muy popular, y por tanto los romances viejos y nuevos que contiene seguían gustando.

      Los romances vivieron y fueron vigentes durante los siglos virreinales y al terminar esta etapa se adaptaron a las nuevas circunstancias de la América independiente, pues de hecho constituían parte del acervo tradicional y de la cultura de la colectividad americana. Después de pocos años de culminado el proceso de independencia, el flujo migratorio español hacia los países americanos se reinició, y los emigrantes que salían de España de los puertos de Gijón, La Coruña, Santander y otros lugares especialmente del norte de España buscando un futuro mejor, llevaban las ilusiones y el deseo de hacer fortuna en la nueva patria donde se afincarían, pero también llevaban su cultura tradicional en forma de canciones, cuentos y romances; con lo que, al establecerse en Cuba, México o la Argentina, el género se revitalizaba y empezaba a vivir en nuevas variantes creadas por el que Menéndez Pidal llamó “autor legión”.

      La formación de una cultura nacional en los nuevos países americanos, impulsada claramente por los escritores liberales, no puede, a pesar del distanciamiento ideológico de lo español, olvidarse del Romancero; y así, por ejemplo, en México encabeza esta línea de revalorización de lo popular a partir de la tradición hispánica, Guillermo Prieto (1818-1897), escritor y político liberal, que se lanza a la tarea de reconstruir una tradición, que desde su óptica particular consideraba perdida. En este proyecto se inscribe su obra Romancero nacional, publicado en 1885, el cual es la expresión evidente de un manejo de las formas de la cultura tradicional y popular por parte de los autores liberales mexicanos. Otro liberal, Ignacio Manuel Altamirano (1834-1893), en 1869, después del triunfo de la república, fundó y dirigió la revista literaria de mayor trascendencia en aquel momento, El Renacimiento, donde puso en marcha su credo: alcanzar un arte nacional que, sin desdecirse de su origen europeo, lograra una unidad formal y temática. En una de sus novelas más conocidas, Navidad en las montañas, inserta dos romances religiosos tradicionales: La buenaventura de Cristo y Pastores de Belén.

      Para su Romancero, Guillermo Prieto escribe numerosos “romances nacionales” sobre la figura popular emblemática de los “chinacos”, personajes del mundo rural que se identificaron con los liberales y lucharon contra la Intervención francesa; en esos romances se mezclan los versos que recuerdan el estilo tradicional con otros de pura cepa romántica y completamente alejados del estilo en que crea la comunidad sus manifestaciones literarias. Guillermo Prieto, a propósito del estilo de su Romancero dice:

      conservé hasta en sus ápices la verdad histórica; adopté el romance como lo más popular y acomodaticio a todos los tonos; y en cuanto al lenguaje, desviándome de lo inconveniente y rastrero, preferí lo que mejor se entendiese, sacrificando la metáfora seductora, la alegoría brillante y el apóstrofe conmovedor, al tono de plática y el relato sabroso, pero humilde, del calor del hogar.9


      El Romancero nacional es una larga serie de romances que relatan los episodios y personajes más destacados de la Guerra de Independencia de México, de 1810 a 1821, y su objeto, como plantea Altamirano en el prólogo que escribió para la primera edición de 1886, era dotar en cierta forma a México de una épica popular. El Romance del 15 de septiembre, ejemplo de la literatura que proponía Prieto, empieza así:

      Golpes suenan en la puerta
      en la puerta del Curato;
      golpes y voces que llaman
      ansiosas al Cura Hidalgo...
      Se hace luz en las estancias,
      se pasean los caballos,
      entran Allende y Aldama
      del Cura en el pobre cuarto,
      y sin muchas precauciones,
      ni más rodeos, ni preámbulos
      dicen: “Estamos vendidos:
      ¿Qué resolución tomamos?”


      En estos versos que tratan de contar un episodio nacional reciente con el sentido épico de las viejas canciones de gesta resuenan las repeticiones y anáforas características del lenguaje tradicional. Aunque la producción de los liberales mexicanos estaba alejada de la veta popular, algunos textos relacionados con la intervención francesa, probablemente más acordes con la estética popular, tuvieron éxito en la comunidad y durante algún tiempo se conservaron en la memoria y entraron en el proceso de transmisión oral.

      En Cuba, también motivado por una idea nacionalista, se desarrolló a mediados del siglo XIX el uso del romance como expresión poética frecuente, en lo que Samuel Feijoo ha llamado el movimiento poético de los “romances cubanos”. Éstos representaron una reacción a los modelos románticos importados de España, en los cuales la temática reproducía un lejano mundo morisco o recreaba nostálgicamente una Edad Media recién reencontrada.

      Los autores cubanos, desde Francisco Pobeda (1796-1881), quien escribió en forma de romance sus “Leyendas cubanas”, se acercaron al romance buscando una forma de expresión propia. Ejemplo de estos romances llamados “cubanos” es Inés y Rosa, debido a Gabriel de la Concepción Valdés, “Plácido” (1809-1844):

      La mañana de San Juan
      cuando sus largos cabellos
      salpican de lindas flores
      las jóvenes con esmero;
      cuando se cuelgan los patos
      untados en grasa el cuello,
      y los jinetes se afanan
      para disputarse el premio;10


      El resultado estaba lejos de la literatura auténtica tradicional, sin embargo, es clara la voluntad de hacer que lo pareciera, y así se percibe la presencia de la tradición con tópicos como “la mañana de san Juan” vital desde el Romancero fronterizo. A pesar de todo, la construcción nacional liberal se impregnaba de tópicos románticos y visiones idealizadas de la Naturaleza turbulenta. Los “romances indios” de Ramón Vélez Herrera o la “escuela siboneísta” de José Fornaris (1827-1890) cumplían con su intención nacionalista, mas sólo se aproximaban a la cultura tradicional que pretendían emular.

      El asociar el romance con la identidad nacional es una idea difundida en casi toda América, a pesar de la concepción rupturista con España. Así el romance también está presente en otros países como Santo Domingo, donde en 1874 la Sociedad de Amantes de la Luz de Santiago de los Caballeros convoca a los poetas del país para que escriban “producciones sobre hechos de nuestras guerras de Independencia y Restauración, dando preferencia para la forma al romance y a la décima, por ser los géneros más populares”.

      También en Colombia, en 1883, con motivo del centenario del nacimiento de Simón Bolívar, se realizó un Romancero bolivariano. El proyecto fue impulsado por el poeta chileno José Antonio Soffia a la sazón embajador de su país en Colombia. Imbuido de literatura romántica, representaba todo un reto, pues “Se iba a apelar a un metro tantas veces acusado y proscrito por los admiradores de la perfecta rima”, como escribió el propio Soffia. El propuesto Romancero tuvo gran popularidad y en él participaron un gran número de poetas colombianos de todo tipo, encontrando en el metro del romance el vehículo para toda clase de patrióticas reflexiones.

      Al margen de estos movimientos explícitamente promovidos, muchos otros autores hispanoamericanos acudieron al romance para expresar ideas de afirmación nacional y visiones de la propia historia, como el escritor y político conservador chileno Carlos Walker Martínez con sus Romances americanos (1870), como este que dice:

      Aquí llegó, donde otro no ha llegado,
      Don Alonso de Ercilla, que el primero
      En un pequeño barco deslastrado,
      con sólo diez pasó el desaguadero;
      el año cincuenta y ocho entrado.11


      Ya entrado el siglo XX el romance sigue siendo una forma vigente para las celebraciones nacionales; en este sentido baste recordar el concurso convocado en 1938 en Colombia para conmemorar con un “romancero” el cuarto centenario de la fundación de Bogotá, concurso que fue ganado por Ismael Enrique Arciniegas, autor de textos romancísticos como éste:12

      Fijaron a Teusaquillo
      y cuando llegó Quesada
      al lugar que fue escogido
      el recuerdo de la vega
      de Granada al punto vino
      a su mente, vega hermosa
      en donde jugó de niño


      En este texto se relaciona Teusaquillo, paraje tradicional (y hoy referente típico bogotano) y lugar escogido por Gonzalo Jiménez de Quesada para fundar la ciudad de Bogotá, y la vega granadina, ubicación espacial tópica de múltiples romances fronterizos y moriscos. Así se conserva, en el romance culto del siglo pasado que persigue emular la literatura tradicional, el marco referencial que mantiene una tradición de temas, fórmulas, motivos y tópicos que se difunde por más de siete siglos y que se extiende por un amplio espacio geográfico que abarca América, la Europa mediterránea y el norte africano.

      Diversas recolecciones hechas en distintos puntos de la geografía americana, a partir del casi legendario viaje por América en 1905 de Menéndez Pidal, muestran que la memoria colectiva de este lado del Atlántico conservó los temas del Romancero tradicional hispánico, pero también es evidente y necesaria la adaptación de estos temas y de sus referentes a este continente, así como de su léxico al español que se habla en estas tierras. Adaptación lógica, ya que se trata de textos que están vivos en el acervo comunitario y que por lo tanto corresponden a los valores de esa colectividad y se expresan en el lenguaje literario que se sabe propio, y que por poseerse se puede recrear y variar. La reformulación también es necesaria por tratarse de un nuevo contexto espacio-temporal y afecta los diferentes niveles de significación de los textos romancísticos.

      Además de la actualización de las historias que cuentan los romances, es evidente la actualización que de manera general podríamos definir como lingüística. Esta adaptación se lleva a cabo en distintos planos que tiene que ver con el léxico, la sintaxis y la morfología de la lengua. Así encontramos la integración de los giros expresivos locales en el verso del romance, por ejemplo esta versión de La dama y el pastor argentina que reproduce rasgos del habla típica de esa zona como la exclamación ¡Pucha!

      Pucha con este pastor, tan duro para querer,
      tanto que ti he enamorado no te he podido vencer.13


      o como el uso del coloquial “tata” para referirse al padre –muy frecuente en Argentina– empleado por el narrador de la triste historia de Delgadina:

      Se llega a otra ventana, con el tatita se encontró,
      alzó la cabeza el rey, de verla se enamoró.
      —Delgadina, hija mía, sírveme de enamorada;
      serás reina en Castilla, madrastra de tus hermanas.14


      No que olvidar que los personajes, aunque sean de un universo literario, hablan como los transmisores.

      Así, el diminutivo, también frecuente en España, en América se usa profusamente (como ya lo señalaba Rafael Lapesa15) por lo que es evidente que el lenguaje tradicional romancístico se impregna de diminutivos como una forma de adaptación y apropiación de la tradición y su lenguaje literario. El diminutivo en -ito se vuelve dominante desde México hasta Colombia, aunque el Caribe prefiere el terminado en -ico. El uso frecuente de diminutivos puede ser una característica del habla de ciertas áreas: por ejemplo esta versión de Dominicana de El marinero emplea tres diminutivos en un par de versos:

      —¿Qué me das, marinerito, si te saco de estas aguas?
      —Yo te doy mi barquichuelocargadito de oro y plata,16


      pero ésta costarricense de Las señas del esposo va aún más lejos con cuatro diminutivos en los dos versos iniciales del romance:

      ¡Pobrecito el soldadito! paradito en el cuartel,
      con el riflicito al hombro esperando al coronel.17


      o esta otra versión de Delgadina en la que el narrador usa para referirse a las hijas del rey el diminutivo afectuoso, en un incipit con resonancias de cuento tradicional, que es común a varias versiones cubanas de este romance; el segundo verso intensifica aún más la pequeñez de la hija menor para la que no se usa el nombre de Delgadina. La presencia de diminutivos a lo largo de todo el texto es constante en los diálogos de los personajes:

      Pues señor, éste era un rey que tenía tres hijitas
      y la más chiquirritica Ambarina se llamaba.
      [...]
      Criaditacriadita, dame un poquito de agua,
      [...]
      Mamaítamamaíta, dame un poquito de agua,
      [...]
      —Corran, corran, mis vasallos, a darle agua a Ambarina,
      en el platico de plata y el platico de cristal.—18


      Los diminutivos también se emplean para designar –afectivamente– los alimentos que debe tomar la niña o, incluso, el castigo que debe recibir en esta versión colombiana de Hilitos de oro, recogida en la región de Santander que conserva el tratamiento del vosotros:

      —¡Me la tratáis muy bien! Éstos son cuidados míos:
      por la mañana caldito, por el mediodía panecito
      y en la tarde juetecito [fuetecito, azotes], si lo fuere menester.19


      El Romancero en América también adopta los cambios de acentuación de formas verbales o con pronombres enclíticos, habituales en el habla coloquial de varios países. Los romances, a pesar de su construcción de lenguaje literario, deben sonar naturales, tal como se hace en estas versiones recogidas en Guatemala de Blancaflor y Filomena:

      Apurate Filomena, vestite de buen color,


      y de Bernal Francés:

      Perdoná, esposo querido, perdoná mis desventuras,
      mirá que quedan sin madre llorando mis dos criaturas.20


      Como es lógico, en las versiones americanas de los temas romancísticos más frecuentes de la tradición hispánica en general, se conservan elementos temáticos y léxico habitual en España, pero al hacer suyas las historias que se narran, la colectividad americana lleva a cabo una adaptación al léxico del español (o en el caso de Brasil al portugués) hablado cotidianamente en estas latitudes. Es la llegada de palabras como bailongo (para decir fiesta), caporal (para el capataz rural o de vaqueros), chaparrita (bajita), charqui (cecina), celazo (salazón), chigua (red), chula (bonita), gualato (pico o azadón de madera), luego (en el sentido de enseguida), huacal (cajón rústico de varillas o tablillas de madera), huarache (sandalia), platicar (charlar), ojotas (especie de abarcas), petate (esterilla), sarape (frazada), talmantito (esclavina), tápalo (chal), etc. Estas palabras, habituales en el habla cotidiana de las comunidades donde perviven los textos romancísticos, se incorporan naturalmente a éstos como parte de un lenguaje literario. Esta voluntad de cotidianidad hace que incluso se cambien los nombres de los personajes de los romances proponiendo algunos más comunes: Albaniña se vuelve Martina, Juana Luna o Felisa; Bernal Francés, es Fernando el francés o Fernández Francés; Delgadina puede ser también Ambarina, Angelina, Angerina o doña Blanca, y se substituyen otros nombres con afectivos según el uso americano: Chabelita, Lupita.

      Los ejemplos de versiones que han integrado estos términos americanos son muchos. Por ejemplo, en México abundan las “chaparritas”, no sólo en los romances, también en la canción lírica. Aunque en sentido estricto el término quiere decir baja de estatura, por lo general simplemente designa afectivamente a la mujer:

      Andándome yo paseando por las orillas del mar
      me encontré una chaparrita que a su casa me llevó21


      Es una chaparrita aquí la que pasea por la playa en la versión de este romance de la esposa infiel, recogida en la población de Los Tres Ojitos, Mora County en Nuevo México,22 lugar muy distante del mar. En otras versiones mexicanas de este romance, la esposa adúltera que se pasea por las orillas del mar es una “abajeña”, esto es, natural de la región de El Bajío que se extiende por los estados de Guanajuato, Michoacán y Jalisco.

      Otros objetos designados con términos locales son por lo general los de uso común, habituales en el medio rural. Así, el pastor que rechaza a la dama, en una versión chilena recogida en 1961 en La Cisterna, Santiago, de boca de un obrero que la había aprendido en Chillán en 1925 (siglos después del testimonio del estudiante Jaume d’Olessa y a miles de kilómetros de Bolonia), usa un calzado sencillo y rústico –tipo alpargatas– que se designa con el término “ojotas”, habitual en Chile:

      —Como estás acostumbrado a andar con esas ojotas,
      si te casaras conmigo te pondría lindas botas.23


      Otros términos particulares de Chile como la red llamada chigua o el azadón de palo –gualato– a los que nos referíamos antes, están integrados a otra versión del mismo romance, pero ahora en voz del pastor arrepentido:

      —Te ofrezco dos chiguas de oro, mis gualatos, mi sombrero
      tan sólo porque me digas si esta noche yo me quedo.24


      Incluso en el romance de Delgadina, donde en la mayoría de las versiones le llevan finalmente a la hija, cautiva por resistirse a las pretensiones incestuosas del padre, de beber y de comer, cuando ha cedido a las pretensiones incestuosas del padre, en “vasos dorados y otros de cristal de China”, en una versión guatemalteca, cuando la castiga el padre, éste ordena que le lleven de comer en algo bastante cotidiano:

      —Llévenle un huacal de agua y este pan que me ha sobrado,
      que aún tengo la esperanza que el castigo haya bastado.25


      En una versión de Antioquia, Colombia, la desdichada esposa infiel de Bernal Francés termina muerta y

      La carne quedó en celazo [salazón], el cuero lo embalsamó,
      para escarmiento del pueblo de las mujeres quedó.26


      Y el caballo que en el corral relinchó era para ir a la supuesta boda de la hermana de la esposa infiel, y la fiesta está definida con el mexicanismo “bailongo” de uso también en Guatemala:

      Que regalado es tu padre que antes nada me mandó.
      —Es porque hoy es el bailongo de mi hermana que casó.27


      A fin de cuentas el romance es una canción narrativa, casera, de las reuniones familiares y las fiestas, así que lo normal es que aparezcan los objetos de uso cotidiano como el machete o el pocillo (taza), y desde luego, si de dinero se trata, éste se expresa en pesos, no importa si se trata de una versión de Tejas en el sur de Estados Unidos, de México o de Perú donde también se usaron hasta el siglo XIX los pesos:

      Yo te doy cuatro mil pesos, y de pesos cuatro mil,
      tan sólo porque te quedes esta noche aquí a dormir.28


      Los productos y materiales locales desplazan a los habituales en la tradición española y así en Chocó, Colombia, la tapa del ataúd donde llevan a la Sildanita muerta deja de ser de marfil y está hecha del preciado palo de brasil:

      El cajón era de oro y la tapa de brasil,

      el manto que la cubrían, eran rosas y jazmín.29


      La introducción de usos y productos locales puede llevar a la reelaboración de un texto, lo que Mercedes Díaz Roig –mi maestra de quien aprendí tanto del Romancero– llamaba “bordado”, llegando en algunos casos a modificar su sentido global original, tal como sucede en esta versión peruana, muy acortada, de Monja a la fuerza:

      salieron cuatro niñitas, todas vestidas de blanco.
      Me tomaron de la mano y me dieron chocolate.
      Bate que bate chocolate, muele que muele el tomate.30


      y en esta de la tradición mexicana del romance conocido en España como Buscando novia o Hilo portugués en la que abundan los términos locales de objetos, alimentos y animales caseros:

      Y que muela en el metate nixtamal y chocolate,
      y si se pone en un brete, aviéntele el molcajete,
      siéntemela en el dosel que es hija de un coronel,
      siéntemela en un huacal que es hija de un caporal,
      siéntemela en un petate que es hija de un pinacate.31


      Las referencias históricas locales o nacionales: el imperio francés en México o las formas modernas de gobierno como la república presidencialista, se reflejan en la adaptación y apropiación de los romances por la comunidad. En el picante romance de La bastarda, la tradición argentina suprime a los reyes, los condes o el Santo Padre que tienen una hija bastarda de las versiones españolas por algo más inmediato, aunque alejado —por si acaso se hieren susceptibilidades locales— de su realidad social inmediata; y entonces es la autoridad del país vecino —Chile— o el “presidente de Lima”, un poco más alejado, el progenitor de la atrevida muchacha que pide al segador trabaje en su cebada:

      El presidente de Chile tiene una niña bastarda,
      por tenerla más segura la tiene dentro una sala.32


      La apropiación de la tradición que se refleja en el lenguaje es evidente que tiene relación con el contexto real de la comunidad que la transmite. Ejemplo de esta adaptación es el final de Delgadina en una versión que está absolutamente cubanizada, hecha “criolla”, aunque la mención de los plátanos maduros en el velorio sea un tanto absurda y chusca:

      Angerina se murió en un cuarto muy oscuro
      y por velas le pusieron cuatro plátanos maduros.33

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